Tuvimos un
embarazo bastante tranquilo, yo desde el principio sabía que quería
parir de forma natural, que mi cuerpo estaba hecho para eso y que
juntos con mi pareja y mi hijo lo podíamos hacer. Es más, lo
debíamos hacer. En realidad no me informé mucho, casi nada, pero
tenía la certeza que el parto debe ser natural.
El médico obstetra que siguió mi embarazo era bien simpático pero siempre me decía “no te preocupes hablaremos del parto cuando será necesario” y yo, bueno, ningún problema. Yo pensaba que el único hecho de querer parir naturalmente era suficiente para que realmente ocurra. Pero ya cuando tenía 8 meses de embarazo, recién empezamos a hablar de parto con el médico y de a poco nos dimos cuenta que no era para nada obvio que el parto debía ser natural. Ya al final del octavo mes me sentí amenazada, sentí que no me respetaban, que no me creían, me dio mucho miedo porque estaba aquí sola (con mi pareja, pero aunque me apoyaba en mi certeza, sentí que yo era la única que podía luchar por mi cuerpo) y sentía que Valentín estaba por llegar (aunque me decía el médico que aún faltaba, yo sabía que quería llegar pronto). Además ya estaba angustiada porque no teníamos los papeles para inscribirnos en Fonasa todavía y no teníamos la plata para pagar un parto particular!! Así que las últimas semanas de embarazo fueron un poco difíciles emocionalmente. Después de pasar un día pegada al computador, llegué a escuchar por teléfono la voz que nunca olvidaré en mi vida: era la de Eliana, matrona del centro de parto integral del hospital de Talagante!! La voz de mi salvación!!
El médico obstetra que siguió mi embarazo era bien simpático pero siempre me decía “no te preocupes hablaremos del parto cuando será necesario” y yo, bueno, ningún problema. Yo pensaba que el único hecho de querer parir naturalmente era suficiente para que realmente ocurra. Pero ya cuando tenía 8 meses de embarazo, recién empezamos a hablar de parto con el médico y de a poco nos dimos cuenta que no era para nada obvio que el parto debía ser natural. Ya al final del octavo mes me sentí amenazada, sentí que no me respetaban, que no me creían, me dio mucho miedo porque estaba aquí sola (con mi pareja, pero aunque me apoyaba en mi certeza, sentí que yo era la única que podía luchar por mi cuerpo) y sentía que Valentín estaba por llegar (aunque me decía el médico que aún faltaba, yo sabía que quería llegar pronto). Además ya estaba angustiada porque no teníamos los papeles para inscribirnos en Fonasa todavía y no teníamos la plata para pagar un parto particular!! Así que las últimas semanas de embarazo fueron un poco difíciles emocionalmente. Después de pasar un día pegada al computador, llegué a escuchar por teléfono la voz que nunca olvidaré en mi vida: era la de Eliana, matrona del centro de parto integral del hospital de Talagante!! La voz de mi salvación!!
El domingo 1 de
mayo fuimos a conocer a Eliana. La vi, allí llegando en el pasillo y
sentí mi corazón latir fuerte, me abrazó y me entregué. Quería
seguir en sus brazos protectores, ya estaba segura que ella nos iba a
acompañar en el nacimiento de nuestro hijo. Yo llegué con una lista
de preguntas, de afirmaciones ( después me di cuenta que sin saber
hice un especie de plan de parto!). No alcancé a preguntar nada, la
Eliana contestó a todo! Salimos muy contentos y tranquilos.
El martes 3 de
mayo tuvimos el último control con el médico, nos despedimos del,
todo bien, tranquilo. Hasta que me hizo una eco y me dijo que ya
Valentín, nuestro hijo, podía llegar en cualquier momento, pero que
había que tener cuidado porque tenía circular de cordón. Yo no
sabía que esto no era razón para asustarse así que bueno, me quedó
allí en la garganta…Llamamos al tiro a la Eliana que nos dijo que
no pasaba nada, que no había que asustarse. Saliendo de la consulta
compramos el bono de fonasa.
Ya estaba todo
listo para que naciéramos. Por fin me sentí aliviada, tranquila.
Hablé con mi hermana por Skype (estamos muy cercanas, conectada con
mi hermana, aunque vivimos a miles de km!), y contándole todo lo que
nos había pasado últimamente empecé a sentir contracciones (algo
que nunca había sentido antes). Decidí cortar la conversación para
concentrarme en mí, en mi hijo que me estaba hablando. Horacio, mi
pajera al principio no me creyó mucho, me dijo que era normal al
final sentir contracciones, que me quedara tranquila. Él empezó a
hacer la pista de músicas para el momento del parto, yo ordené un
poco la casa. Después de 45 minutos de contracciones suaves llamé a
la Eliana, me aconseja el baño de tina. Horacio me prepara un lindo
y agradable baño, entro, me quedo unos 15 minutos y de repente
empezaron a llegar contracciones fuertes, hasta que no sabía cómo
salirme del agua! Salí y allí sí que las sentí aún más fuertes,
potentes. Me quería quedar allí en mi baño, agarrándome de lo que
encontraba a cada contracción. Me acuerdo sentirlas tan fuertes que
empecé a olvidar lo que pasaba alrededor, y un pensamiento llegó:
¡¡¡porqué había decidido el parto natural!!! Jaja y allí estaba
mi compañero apoyándome y yo entre cada contracción, tratando de
prepararme para salir a Talagante. Llegó mi suegra (me acuerdo que
es la primera vez que le abre la puerta sin una sonrisa!) con un
amigo taxista que nos iba a llevar al hospital. Y de allí mis
recuerdos son muy difusos.
Me acuerdo del
viaje como un trance inmenso, yo entregada a mi cuerpo, mi cuerpo en
los brazos de mi pareja, mis ojos cerrados, no pensaba nada, no
percibía nada del exterior, solo vivía cada contracción desde el
más profundo de mi ser. Mi suegra y el taxista callados y sin
ninguna música (les prohibí cualquier ruido!). Me acuerdo haber
llamado a mi mamá, me acuerdo de vivir la misma sensación de cuando
era chica: me caía y llamaba a mi mamá para que todo se pasara, que
ella me abrazara y después olvidar todo. Pero mi mamá no estaba,
estaba a miles de Km y no iba a poder sentir esta sensación de
alivio que regalan sus abrazos.
A las 11h30
llegando al hospital sentí correr mucha agua desde el más profundo
de mi cuerpo, y estas ganas inmensas, imparables de pujar. Pujé,
pero me dio miedo, pensé que podía nacer aquí en el taxi. En eso
llegó Eliana, y vi su cara muy pero muy cerca, seguramente lo que
hace el trance, nos cambia las percepciones! La sentía aquí
conmigo, ya no me podía pasar nada malo. Me llevó en silla de rueda
(Le dije que no sentía la fuerza de caminar) y llegamos a la sala de
partos naturales. Me acuerdo que la pieza estaba inundada de una
pequeña luz cálida, naranja, se sentía calor, amor, seguridad. Le
pedí a Horacio que me sacara toda la ropa que tenía y al tiro me
senté en la cama/silla, y allí me quedé. Cuando me dieron las
ganas de pujar de nuevo sentí miedo, me acordé del cordón, me salí
del trance y pensé que mi hijo estaba mal, me acuerdo pedir a las
chicas que me hagan un monitoreo para ver si estaba todo bien
(maldito doctor!!). Luego llegó el famoso momento del “No puedooo”
Y allí mi pareja, Eliana y Rosita me dieron mucho ánimo, mi
compañero me decía que ya lo estaba haciendo que él podía ver el
pelito de nuestro hijo que faltaba muy poco para que lo tenga en
brazos. Y al próximo pujo, con mi pareja en la mano izquierda, la
Rosita en la derecha y la Eliana al frente, salió la cabeza de
Valentín. El último pujo animal, poderoso, con la fuerza de todas
las mujeres que habían parido antes de mí, mi cuerpo expulsó a mi
hijo hacia el mundo…
Tomé
a mi hijo en brazo, lo puse en mi pecho desnudo, mojado de sudor, y
me sentí poderosa, calmada y llena de energía a la vez y sobre todo
tranquila. Con mi pareja mojado de tanto llorar a mi lado, yo le
hablaba a mi hijo, le di las bienvenidas, le dije que había sido muy
valiente, que ya pasó lo difícil e intenso del parto que ahora
estamos tranquilos, juntos para siempre, que nada y nadie nos podía
separar. Me acuerdo que no podía parar de hablarle, con esta voz que
casi nadie más escucha a parte del y yo. Después empezó a tomar
pecho, se agarró al tiro y no soltó más su teta! Y ya era momento
de cortar el cordón, habíamos decidido que yo lo iba a hacer así
que así fue. Era algo importante para mí antes del parto pero en el
momento en que lo corté me dio lo mismo, tenía a mi hijo en brazos
y no podía parar de mirarlo, de tocarlo, de sentirlo. Así que
cuando me dieron las tijeras, corté no más sin pensarlo! Pasé los
días siguientes pegado a mi hijo y él a mí, no lo tomó nadie más
(excepto su papá pero muy poquitos ratos) sentía que necesitábamos
estar juntos a cada instante! Habíamos nacido, hijo y padres, llenos
de amor y felicidad.
Después de un
par de meses no podía sacarme de la cabeza que había que hacer algo
para que todas las mujeres pudieran sentir lo que es parir rodeada de
amor y respeto, parir en confianza y sin miedo. Era obvio: iba a ser
matrona!

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