lunes, 27 de enero de 2014

El nacimiento de Almendra

Por Nicole Leiva

La primera contracción, tensión en el útero, mi dulce Almendra se preparaba para salir. ¡¡Qué alegría infinita!! La danza de mi vientre comenzaba la mañana del jueves 20 de diciembre de 2012.


Aquel día continuó sin mayores sobresaltos... Las contracciones iban y venían sin una constancia que me permitiera descifrar el momento exacto de su llegada. Iría al aeropuerto, a recibir a mi cuñada que viajaba desde Ecuador principalmente para conocer a su sobrinita adorada, sin embargo, no fui, preferimos quedarnos en casa por si comenzaba nuestro trabajo de parto.


Estaba ansiosa, repasaba los bolsos que llevaría al hospital una y otra vez... ¡¡No podía olvidar nada!! Como siempre no paraba de hablarle a mi amor, de lo que creía que necesitaría de él, de lo que pocos días antes había conversado con mi Doula, mi Paloma bella que estaba igual de ansiosa que yo.

Eran las tres de la madrugada del viernes 21 de diciembre cuando Almendra comenzó su gran viaje. Dormía entre contracciones, reía cuando otra venía, mi amor masajeaba mi espalda sin cesar, brindándome contención todo el tiempo.

Llegó el momento de estar a solas. Ya no soportaba tanta cercanía... Necesitaba sumergirme en nuestro proceso; el de mi cría y yo.

Mi amor dormía, estaba oscuro, aún no amanecía. Me levanté de la cama, tomé una frazada y me fui al living. Me cubrí por completo, necesitaba mucho calor. Respiraba profundo, sentía las contracciones ir y venir como un oleaje exquisito, sentía la sangre correr más rápido que nunca por mis venas, mi vientre ondulaba, se elevaba, danzaba. Almendra preparaba su camino a paso firme, sin dudar. Era una cría fuerte, lo supe desde siempre.

Eran alrededor de las nueve de la mañana cuando Paloma llegó a mi casa. Me miró, nos sonreímos, su instinto le dijo en qué momento me encontraba, aún quedaba tiempo, no se equivocaba. Yo ya estaba lista para partir.

Llegamos al Hospital de Talagante, nos encontramos con Rosita y Eliana, nos dejaron en una habitación bastante cómoda. Mi Doula, mi roble, mi cría y yo. No necesitaba nada más para parir, lo tenía todo. Paloma me preparó la tina, aromas, un ambiente exquisito. Mientras, Juan Pablo se encargaba de los papeleos en el hospital. Perfecto.

Entré al agua y perdí la noción del tiempo. El medio era cálido, acogedor. Los aromas que mi Doula repartía me hacían volar... dulces, florales, delicados. Al salir del agua las contracciones se hicieron más intensas, paraba para apoyarme hacia adelante y moverme como mi cuerpo me lo pidiera. En ese momento vino Rosita que quería hacerme otro monitoreo (antes ya me había hecho otros dos, creo), ¡no quería más monitoreos! Le dije que no quería en ese momento y lo atrasó un poco. Después supe que los monitoreos tan seguidos eran porque a mi Almendra le bajaban los latidos durante las contracciones.

Me sumergí en el trance, ya estaba dentro de la sala de parto; luz muy tenue, aromas, una canción hermosa que semanas antes Paloma había compartido conmigo, me llenaba el alma. ¿Masajes? - Sí, Palo, no dejes de hacerlos por favor. Mi cuerpo pujaba, me dormía entre contracciones, buscaba mi posición; parada, aferrándome a mi amor, sentada en una silla especial para parir, en "cuatro patas". Encontré la forma adecuada para mí: semisentada. Me sentía cansada, muy cansada. "Mira, Nicole, aquí está la cabecita de la Almendra" escuché la voz de Rosita... Miré a Paloma "¡es el círculo de fuego!" me dijo con voz emocionada, como la de una madre orgullosa de su hija. Toqué su cabecita, el primer paso. Sentí que lo que vino pasó en cosa de segundos. Otro pujo, su cabeza completa, un último pujo y el cuerpo de mi pequeña diosa ya estaba fuera de mi vientre sagrado. Pasó lento por delante de mis ojos: Rosita la recibió y la trajo hasta mi pecho. En el camino mi mirada se cruzó con la de mi Doula. Tantos sentimientos en solo un par de segundos. Mi amor hermoso, fuerte, resistente lloraba con la emoción contenida de trece horas de trabajo de parto. Los tres llorábamos de felicidad.

Nació Almendra a las cuatro veinticinco de la tarde del viernes 21 de diciembre, con unos ojos enormes, luminosos y muy abiertos para observar todo lo que pasaba a su alrededor. Sin anestecia, sin un médico presente, del vientre a mi pecho, sin exámenes de rutina... Fluyó mi parto sin miedo y sin dolor, solo con amor y poder. 

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