Eran las 10 de la noche del 11 de febrero del 2013 y sentí mi primera contracción, una extraña sensación recorrió mi cuerpo, en ese momento no sabía entonces qué era, ya llevábamos 3 días esperando que esto ocurriese. Mi marido estaba sentado en la alfombra frente al televisor colocando una película para pasar el rato. Comenzó la película y a la media hora vino la segunda, un poco más larga e intensa, pero aún sin dolor. En mi interior ya sabía lo que ocurría, mi Leonor estaba lista para venir a este mundo.
La tercera, media hora después, a las 11.30 y 15 minutos después ya la cuarta contracción recorría mi cuerpo. En ese momento ya era evidente que Mi pequeña se preparaba decidida a venir a mis brazos y conocer a sus padres en este plano. Luego de la cuarta contracción se desató el acontecimiento más hermoso de nuestras vidas, 00.18, 00.23, 00.28, 00.33, iban y venían sensaciones nunca antes experimentadas. Sentía cómo en mi espalda baja se encendía una hoguera, el dolor inundaba mi cuerpo y en mí se despertó una mamífera, loba, perra, gata. Me contorsionaba sobre la cama, simplemente me dejé ser, arañé y gruñí, me sentía en plena libertad de ser, encerrada en un místico círculo de fuego en el que solo cabíamos mi cría y yo, este era nuestro proceso y lo vivíamos intensamente mientras mi marido nos miraba expectante.Pedimos calor, ya eran las 3.00 y él tomó el teléfono para llamar a Rosita, ella tan llena de amor como siempre, le recomendó prepararnos un baño tibio de tina. Volví a conectarme nuevamente con mi cría, solo las dos, yo era la única que podía sentir cómo mi pequeña empujaba y expandía mi cuerpo a su merced sabia y naturalmente. Cuando estuvo lista la tina, mi marido nos tomó y nos llevó hasta allá, nos había preparado un baño tibio con sales que olían exquisito, iluminado solo con velas y aromatizado con inciensos. Nos entregamos a la calidez del agua que al igual que el dolor, inundó mi cuerpo y nos sumergimos nuevamente en estas sensaciones que minuto a minuto se hacían más intensas, tenía ganas de llorar, reír, gritar, cantar, pero solo lograba gruñir. A las 5.00 mi marido tomó nuevamente el teléfono para acordar con Rosita que en media hora más nos encontraríamos en el hospital, nos sacó del agua, me vistió y nos dirigimos al hospital, de camino pasamos por mi amiga que haría de doula, quien tomó mi mano y juntas comenzamos a respirar rítmicamente para canalizar el dolor. Una vez en el hospital el miedo vino a mí, esa niña que por 25 años había habitado mi cuerpo se hacía presente y se oponía a esta nueva mujer que se levantaba,gritando: ¡No puedo! ¡Yo no voy a poder con esto!, y sentí como me hundía en el miedo y dolor. Fue entonces cuando mi marido, mi doula y mi matrona me empoderaron y me permití nuevamente volverme animal, volverme mujer mamífera, mamá. Entramos en la sala de parto, escogí la pelota y me entregué al momento, a las caricias, al amor, la sala oscura me dormía, el silencio me tranquilizaba. Mi marido, mi apoyo incondicional, mi roble, nada podía salir mal, él estaba ahí, cuidándonos, velando por nuestra seguridad, amándonos, besándonos. Todo era perfecto. El dolor ya no era solo dolor, éramos mi hija y yo trabajando juntas sabiamente, de manera natural, sin hormonas, sin anestesia, sin médicos ni procedimientos rutinarios. Cuando el momento ya estuvo cerca, nuevamente apareció esa niña, temerosa y adolorida, pidiendo por ayuda, haciéndome creer que sola no podía y se negaba a dejarme parir. Me sentía cansada, incapaz, pero Rosita me tomó de la mano y me recordó quien era yo, y cuantas mujeres también lo habían hecho antes, que mi cuerpo milenario y ancestral era sabio. Me entregué a las últimas contracciones, combatí a esa niña, la aparté del momento, cerré mis ojos y no los abrí hasta el último tacto. Miré a Rosita y ya todo estaba listo, mi hija estaba en la puerta de esta vida. Esperamos una contracción y pujé con fuerza, con amor, me liberé y grité, su cabeza estaba afuera y mi doula tomó mi mano para que la tocara, mi hija ya estaba aquí y escuchaba a mi marido decir que era hermosa. Me sentía expandida sin límites físicos, una Diosa, poderosa y hermosa y pujé nuevamente, de inmediato el dolor se fue del todo, y mi hija venía a mi pecho, tal cual había salido de mi cuerpo. Lo que pasó después fue amor del más puro, nos abrazamos los tres y nos conocimos. Leonor había nacido como se lo merecía, tranquila, sin apuros, rodeada de gente conocida, en silencio y respetada. Yo había parido como quería, de forma natural, desnuda, a oscuras y en silencio, toda una mamífera. Hoy, después de haber vivido un parto natural y respetado, me siento segura de mi misma, poderosa, sabia y animal. Me siento amada, valorada y respetada como mujer por mi hombre. Me siento completa.

No hay comentarios:
Publicar un comentario