viernes, 23 de mayo de 2014

El Nacimiento de Amalia

Por Gabriela Santibañez

Mi mamá nos tuvo a mí y a mi hermana por parto natural, así que crecí con el relato de mi nacimiento y del parto como una experiencia vital de conexión física y espiritual. Mi mamá siempre dice que los partos fueron de los momentos más felices y completos de su vida. Yo quería vivirlo, quería sentirlo, traspasarlo, saborearlo en absoluta conciencia. No quería que nada interviniera en ese momento tan importante, y quería que mi hija llegara a este mundo por sí misma, no quitarle la posibilidad de nacer como ella sabía. Me preparé leyendo libros y buscando información en todas partes. Descubrí que el parto natural tenía muchos beneficios para mí y mi guagua que yo desconocía. Hicimos un curso de parto humanizado con mi pareja y yo hice yoga prenatal durante la segunda mitad del embarazo. Elegimos la Clínica Santa María para el nacimiento de nuestra hijita, que tiene una sala para parto humanizado. El día anterior al parto, fines de febrero, finalizando la semana 38, sentía una calma y una felicidad especial, como un relajo muy rico. Pasé la tarde en la piscina con una amiga, tenía contracciones seguidas, pero eran muy placenteras por lo que pensé que no eran de parto aún.

 Luego de un par de horas de llegar a casa, a eso de las 12 de la noche, comenzaron las contracciones más intensas. Traté de cronometrar algunas, pero me di cuenta que pensar en los minutos me hacía perder concentración y sentir dolor. Estábamos muy tranquilos con Ivano, mi pareja, porque pensábamos que estaba recién comenzando la labor y que quedarían varias horas, decidimos no llamar a Alejandra, mi matrona, hasta la madrugada para no despertarla. Queríamos pasar la mayoría del proceso en casa como nos habían recomendado . Me salía un poco de sangre y flujo que pienso que era la pérdida del tapón. En verdad las contracciones eran bastante seguidas pero el dolor se apaciguaba haciendo ejercicios en el balón, respiraciones y visualizaciones aprendidas en el curso de parto y yoga. A eso de las 2:30 el dolor se hizo un poco más intenso y me di un baño caliente; en la tina le hablaba a mi hijita diciéndole que la estábamos esperando con mucho amor, que viniera tranquila, que toda su familia la amaba y la quería conocer. Al poco rato de salir de la tina las contracciones se volvieron dolorosas. Ivano ayudo a calmar mis dolores con masajes con esencia de lavanda y mucho cariño. Entre las 3 y las 5 pasamos un rato intenso, fuera del tiempo, como en un rito, concentrados, presentes, conectados entre nosotros sin hablar casi nada. Cerca de las 5 decidimos que ya era hora de partir a la clínica porque que el dolor era muy fuerte y las contracciones muy seguidas. En ese momento, que sentía como mi cadera se abría y mis entrañas presionaban fuerte, pensé que estaba llegando a mi límite, que si el dolor aumentaba en la clínica no iba a aguantar y pediría anestesia. Ivano me tranquilizó con palabras y contención física, recordándome simplemente respirar. Volví a concentrarme en mi cuerpo y en mi hija que era todo. Desde ahí mi mirada se fue adentro de mi cuerpo, nada del exterior me importaba, sólo la conexión con mi hija y lo que me estaba ocurriendo por dentro, en una aceptación total de la realidad, en un presente absoluto. El dolor empezó a disminuir. Ivano me vistió y me dijo que era hora de subir al auto, yo le decía que ya, pero no me movía, seguía en concentración respirando y pasando las contracciones que ya no tenían pausas entre una y otra. De pie y apoyada con las manos en la cama, sentí algo pasar entre mis piernas, pensé que mi Amalia nacería ahí, pero era la bolsa que se asomó dura como una bombita de agua, para luego reventar mojándome completa, señal de que no podíamos esperar más. Ivano me envolvió en toallas y descalza, con su ayuda me subí al auto, respirar el frió de la madrugada me dio energía para seguir mi labor en el auto. Ivano se contactaba con la matrona Alejandra y con el doctor Felipe mientras manejaba, yo, agarrada con las dos manos del cinturón de seguridad, iba pujando en el camino. Ya era inevitable el reflejo del pujo, no sentía miedo, ya no había dolor, más allá de lo intenso del estado, iba con confianza en la vida. Veinte para las seis llegamos a la clínica, entramos por urgencia, Ivano a estacionar el auto y yo en una silla de ruedas porque ya no podía caminar, diciéndole a la matrona de turno que me llevaran directamente a la sala de atención integral del parto, que mi matrona Alejandra me estaba esperando, que mi doctor era Felipe. Ella insistió que no me dejaría pasar sin antes hacerme un tacto, yo con toda la calma posible, traté de explicarle que no era necesario, que estaba a punto de parir, que ya había roto la fuente, que me estaban esperando… ella con tono sabiondo replicó: “que usted haya roto la fuente no significa que esté en trabajo de parto” “lo siento mucho, pero tengo que hacer el tacto antes de dejarla pasar”. Por no querer seguir discutiendo le permití la examinación, me subí a la camilla con dificultad, pero luego me divirtió su cara de sorpresa cuando comprobó que mi dilatación era completa, ahí me dijo apurada “pase nomas” como pidiendo disculpas por haber dudado de mí. Justo regresó Ivano del estacionamiento y me llevó a la sala que nos esperaba, 5to piso, maternidad. Desde ahí pedí que nadie más me tocara, excepto mi compañero y mi matrona. Al llegar a la habitación me sentí como en casa, me tiré a la cama y en cuatro patas me puse a pujar, sin perder nunca contacto con Ivano que me masajeaba y me apoyaba. Alejandra pudo comprobar que mi guagüita ya estaba coronada, midió sus pulsaciones, todo en orden. Después de algunos pujos en cuatro patas, en los que ya se iba asomando la cabecita de mi hija, Alejandra me sugirió cambiar de posición para evitar algún desgarro o rotura. Entonces me giré, y en posición vertical, colgada del arco en cuclillas, pude dar un pujo profundo y largo que, acompañado de un grito liberador, y el asomo del amanecer por la ventana, ayudaron a mi Amalia a salir lanzada hacia la vida. Ivano y Alejandra la recibieron e inmediatamente la pusieron en mi pecho. Ivano nos miraba emocionado, yo no podía parar de sonreír, de acariciarla, de besarla, de amarla. Mi chinita apenas se quejó un poquito y se agarró al tiro de la teta, ahí estuvimos felices reconociéndonos por más de una hora, el cordón lo cortó Ivano después que había dejado de latir. De ahí que no nos separamos más. Hoy la Amalia tiene 3 meses y estamos felices y enamorados los tres. Amalia es una chinita preciosa, pasa cada día llena de amor y confianza en la vida. Para mí el parto fue como dejarse llevar por la corriente de un rio caudaloso, sin tratar de nadar en contra ni de frenarse, simplemente ir con la corriente hasta llegar al mar. Siento que lo que me ayudó fue enfrentar el dolor sin miedo, sabiendo que era algo natural y que no me estaba pasando nada malo o incorrecto. Nada externo importaba, lo fundamental era yo y mi hija en conexión con nuestros cuerpos, todo lo demás es accesorio. Es verdad lo que dicen, de que una internamente sabe lo que tiene que hacer, como una sabiduría ancestral o genética. Nuestros órganos, nuestras células, nuestro adn sabe parir.


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