sábado, 10 de mayo de 2014

Un Proceso dentro del Proceso

(extracto)
Por Nataly Fuentes Espiñeira

Las contracciones que sentí fueron como los cólicos de menstruación. Pocas veces sentí dolor en la espalda. Son intensas, sobre todo cuando se tiene una que dura poco más de un minuto cada cinco minutos o menos.
No puedo hablar lamentablemente sobre lo que se siente cuando se encaja en las caderas, o se siente bajar. Porque no lo sentí.
Mi hijo siempre se movió mucho dentro de mi vientre, y eso terminó en que de tanto baile se enredó con nuestro cordón imposibilitándolo bajar. Así que vino la cesárea…
La inyección de la espalda da el vamos.
Te acuestan y te fijan los brazos y manos, te instalan monitores cardíacos, te cubren para que no veas nada de lo que pasa abajo. Una total injusticia. Puedo entender que hay personas que ven sangre y se desvanecen incluso; no es mi caso. Y además, siempre quise concluir este proceso siendo parte de él. Y no una extraña, una ajena, como te hacen sentir en la cesárea.
Ya no sientes de la cintura para abajo, y es casi como que no sintieras de la cintura para arriba, porque nadie (salvo tu pareja) te habla, nadie te pregunta nada, nadie te mira la cara siquiera. Te conviertes en un pedazo de carne con una vida en su interior.
Cuando nace, y te lo muestran por encima del telón que no te permite ver la función de tu vida, solo tienes mente para contemplarlo. Estás tan dopada que ni cuenta te das que te han hecho parir. Por eso mismo, nuestro cerebro no reconoce ese momento y tarda más en hacer bajar el calostro y la leche.
El primer encuentro es tu propia cara (porque tus brazos continúan fijos a una camilla) con su cara. Solo atiné a besarlo todo lo que pude y decirle “te amo” y “Bienvenido”. Entonces te lo apartan nuevamente. Te terminan de sellar el cuasi intento de homicidio, y te cambian de camilla para llevarte a la sala de “recuperación”.
Es tan ajeno el hecho de “parir” por cesárea, que mi cuerpo adormecido y mi mente ida, no tenían total conciencia de que la vida que anidé por poco más de nueve meses ya no estaba más conmigo. Tropezaba con mi vientre vacío y dormitaba. Comenzó la mal llamada recuperación. Empiezas a sentir nuevamente las piernas muy, muy lentamente, por ende, empiezas a sentir la BIEN llamada herida. Porque realmente te hieren. El dolor no es comparable con las contracciones, en ese momento las recordaba casi como un cosquilleo agradable. Es aún peor cuando quejándote del dolor, una enfermera que no ha tenido hijos te diga: “yo sé que duele, porque es un tajo profundísimo, que pasa por todas las capas de piel y de músculo hasta llegar a tu útero” (a tu sagrado útero).
Se trabaja con derivados de la morfina, los cuales me aplicaron dos veces (además de los analgésicos que se emplean como primera opción) Ya para la tercera vez, la misma enfermera me dice: “si te sigo aplicando no podrás ver en otro par de horas más a tu bebé… Así que en una escala de uno a diez, ¿cuánto te duele?” Y mágicamente del “nueve” que decía hace dos minutos atrás pasé a un cuatro lleno de coraje.
Entonces me dejaron ir a mi habitación. El nuevo cambio de camilla lo tuve que hacer yo misma. Me arrastré sintiendo un dolor oscuro de una camilla a otra, sintiendo mis piernas a medias, y con mis brazos en un solo temblor.
Como te prohíben hablar después de la operación, cuando vi llegar a mi hijo a mi habitación, y luego a mis brazos, no pude sino soltar un par de lágrimas con sabor a culpa, desilusión y mucho amor. No pude decirle cuánto lo amaba, ni lo feliz que era conociéndolo de frente. Mucho menos cuánto sentía no poder haber tenido un parto natural. Fue un momento de mucha dicha, y de mucho dolor también.
Cuando lo amamanté por primera vez, fue como sentirse en un sueño, todo el dolor de un momento a otro se transformó en vida, en luz, en magia, en felicidad. Nos reconectamos, volvimos a ser uno. Sin duda, uno de los mejores momentos de mi vida...

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