(extracto)
Por Nataly Fuentes Espiñeira
Las contracciones que sentí fueron como los cólicos de menstruación.
Pocas veces sentí dolor en la espalda. Son intensas, sobre todo cuando
se tiene una que dura poco más de un minuto cada cinco minutos o menos.
No puedo hablar lamentablemente sobre lo que se siente cuando se encaja
en las caderas, o se siente bajar. Porque no lo sentí.
Mi hijo siempre
se movió mucho dentro de mi vientre, y eso terminó en que de tanto baile
se enredó con nuestro cordón imposibilitándolo bajar. Así que vino la
cesárea…
La inyección de la espalda da el vamos.
Te acuestan y
te fijan los brazos y manos, te instalan monitores cardíacos, te cubren
para que no veas nada de lo que pasa abajo. Una total injusticia. Puedo
entender que hay personas que ven sangre y se desvanecen incluso; no es
mi caso. Y además, siempre quise concluir este proceso siendo parte de
él. Y no una extraña, una ajena, como te hacen sentir en la cesárea.
Ya no sientes de la cintura para abajo, y es casi como que no sintieras
de la cintura para arriba, porque nadie (salvo tu pareja) te habla,
nadie te pregunta nada, nadie te mira la cara siquiera. Te conviertes en
un pedazo de carne con una vida en su interior.
Cuando nace, y te
lo muestran por encima del telón que no te permite ver la función de tu
vida, solo tienes mente para contemplarlo. Estás tan dopada que ni
cuenta te das que te han hecho parir. Por eso mismo, nuestro cerebro no
reconoce ese momento y tarda más en hacer bajar el calostro y la leche.
El primer encuentro es tu propia cara (porque tus brazos continúan
fijos a una camilla) con su cara. Solo atiné a besarlo todo lo que pude y
decirle “te amo” y “Bienvenido”. Entonces te lo apartan nuevamente. Te
terminan de sellar el cuasi intento de homicidio, y te cambian de
camilla para llevarte a la sala de “recuperación”.
Es tan ajeno el
hecho de “parir” por cesárea, que mi cuerpo adormecido y mi mente ida,
no tenían total conciencia de que la vida que anidé por poco más de
nueve meses ya no estaba más conmigo. Tropezaba con mi vientre vacío y
dormitaba. Comenzó la mal llamada recuperación. Empiezas a sentir
nuevamente las piernas muy, muy lentamente, por ende, empiezas a sentir
la BIEN llamada herida. Porque realmente te hieren. El dolor no es
comparable con las contracciones, en ese momento las recordaba casi como
un cosquilleo agradable. Es aún peor cuando quejándote del dolor, una
enfermera que no ha tenido hijos te diga: “yo sé que duele, porque es un
tajo profundísimo, que pasa por todas las capas de piel y de músculo
hasta llegar a tu útero” (a tu sagrado útero).
Se trabaja con
derivados de la morfina, los cuales me aplicaron dos veces (además de
los analgésicos que se emplean como primera opción) Ya para la tercera
vez, la misma enfermera me dice: “si te sigo aplicando no podrás ver en
otro par de horas más a tu bebé… Así que en una escala de uno a diez,
¿cuánto te duele?” Y mágicamente del “nueve” que decía hace dos minutos
atrás pasé a un cuatro lleno de coraje.
Entonces me dejaron ir a mi
habitación. El nuevo cambio de camilla lo tuve que hacer yo misma. Me
arrastré sintiendo un dolor oscuro de una camilla a otra, sintiendo mis
piernas a medias, y con mis brazos en un solo temblor.
Como te
prohíben hablar después de la operación, cuando vi llegar a mi hijo a mi
habitación, y luego a mis brazos, no pude sino soltar un par de
lágrimas con sabor a culpa, desilusión y mucho amor. No pude decirle
cuánto lo amaba, ni lo feliz que era conociéndolo de frente. Mucho menos
cuánto sentía no poder haber tenido un parto natural. Fue un momento de
mucha dicha, y de mucho dolor también.
Cuando lo amamanté por
primera vez, fue como sentirse en un sueño, todo el dolor de un momento a
otro se transformó en vida, en luz, en magia, en felicidad. Nos
reconectamos, volvimos a ser uno. Sin duda, uno de los mejores momentos
de mi vida...

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