viernes, 23 de mayo de 2014

MI CESÁREA


Por Marisol

Me he demorado 2 años en poder escribir esto. Acá va.
Recuerdo que estábamos muy ansiosos, impacientes, no hallábamos la hora que nuestro hijo llegara, y estábamos atentos a cualquier señal. Hasta que un día 3 de abril las contracciones empezaron, muy de a poco, como suaves olas. Salimos a caminar, porque creo que leí en alguna parte, que eso ayudaba a la dilatación. Contamos los minutos y segundos entre una y otra, y como ansiosos primerizos, nos asustamos y decidimos partir al hospital a eso de las 10 de la noche. Me revisó un doctor, y tenía sólo 2 cm de dilatación. Nos dijo, “¿quieres quedarte”. Yo pregunté, “¿Vale la pena que me vaya? ¿en cuánto tiempo estaré de vuelta”? Y me dijo, “En unas 2 horas”. Entonces, cometimos el primer error al decidir quedarnos.
No sabíamos que no era lo mismo volver a la tranquilidad de nuestra casa a seguir el proceso de dilatación, que quedarme en una cama, llena de monitores. Yo lo sabía, pero no pensé que iba a influir tanto. Luego de acceder, amablemente me ofreció hacerme un tacto, “despegar una membranita”, que iba a acelerar el proceso. Dijo que no era nada invasivo, y que las contracciones iban a empezar a aumentar. Le creí. Accedí. Segundo error. De ahí ya no pudimos detener lo que fue pasando. Me acostaron en una cama, me conectaron un monitor que no me permitía moverme con libertad. Las contracciones aumentaron, muy dolorosas. Estaba muy cansada. Tuve miedo al dolor. Me entregué a la anestesia epidural. Las contracciones comenzaron a disminuir y a espaciarse cada vez más. Acto seguido, ya que no estaba dilatando, me empezaron a poner occitocina endovenosa, pero nada. Pasamos toda la noche, hasta la madrugada del día siguiente, y dilaté hasta 5.  Mi angustia aumentaba, pero estaba tan sedada, que no tenía capacidad real para reaccionar a mi entorno. Enfermeras, matronas, internos, practicantes y residentes, desfilaron durante la noche. Así es en un hospital universitario. No hay caras estables. Solo turnos.  Caras desconectadas, con una “pseudocalidez” en sus ojos, enfocados en su tarea, revisar a la parturienta. “Hola mamita, le vamos a hacer un lavadito”. “Hola mamita, le vamos a hacer un aseo para que la revise el dr.” o simplemente nada, una dra.  aparecía, y dirigía sus guantes de látex directo al grano. Recuerdo claramente, en una oportunidad, fue tanto el trato despersonalizado, tanto me violentó la actitud de una dra, que logré decirle en un tono molesto, “hola, soy Marisol, ¿cuál es tu nombre?” . Ella me miró extrañada, como si la hubiera interrumpido, y muy seria me dijo su nombre, el cual tengo borrado. Un rato después, aparecieron dos enfermeras más, a hacerme un procedimiento. Eran como las 9am. Yo a esa altura estaba entregada, y abría las piernas cual pedazo de carne. Hablaban entre ellas, no recuerdo qué, y de pronto, siento un líquido corriendo entre mis piernas. Exclamo asustada “¿qué me hicieron?!!”. Y mientras terminaban, botaban sus guantes y abrían la cortina para salir, me dijeron  con una sonrisa en la cara, “le rompimos la bolsa, mamita”, y se fueron. Yo no alcancé a decir nada más. Ya no tenía fuerzas para luchar. Todas mis pesadillas se estaban haciendo realidad. Todo lo que mi Dra. Me había dicho que no iba a pasar pasó.

Recuerdo las voces del personal afuera del box de preparto, cuchicheando mencionándome. No sabía que pasaba, nadie me decía nada, tampoco a mi pareja. A eso de las 11am, de pronto entró un anestesiólogo y me dice “vengo a revisar tus vías para que entres a cesárea…”. Me quedé totalmente helada, el miedo se apoderó de mi corazón, tenía ganas de gritar pero mi cuerpo no me respondía. Yo sabía que era una posibilidad, sobre todo al darme cuenta del espiral de hechos  en el que estaba, pero aún tenía la esperanza de tener un parto normal, ya que nadie tampoco nos había dicho nada. Luego entró una enfermera, y desesperada, le pregunté:
-“Qué está pasando? ¿cómo que me van a hacer cesárea? ¿por qué nadie me dice nada? ¿puede venir alguien a decirme algo? ¿cómo me entero por el anestesista?”
-“No, lo que pasa es que están viendo si le hacen cesárea, pero no es seguro. No se preocupe”, dijo ella nerviosa.
-“¿Quiénes están viendo?” pregunté.
- “Los Doctores”, dijo ella.
-“¿Qué Dres???!!! ¿Dónde está mi Dra!!!???” respondí, agarrándome de donde pude.
- “Supongo que con su Dra. Están hablando con ella por teléfono. En un par de horas tomarán la decisión y le contarán” dijo.

En un hospital universitario tu Dra. llega al final, a “sacar la guagua”, así que ella estuvo totalmente desconectada de todo lo que estaba pasándome. Sólo estaba conectada cómodamente mediante informes médicos telefónicos.
Yo me quedé tranquila con que nos iban a informar, y que la decisión se tomaría en un par de horas más, por lo que mi pareja aprovechó el lapso para ir rápidamente a darle comida nuestra perrita, que estaba solita desde el día anterior.
No pasaron 10 minutos cuando de pronto, abren el box y comienzan a moverme con camilla y todo. Me llevaban al pabellón para una cesárea. Así me enteré. Así fui informada.
Mis padres estaban afuera, y afortunadamente mi mamá justo venía por el pasillo para escuchar mis gritos desesperados. “¡Mamá me van a hacer cesárea, avísale a …!”. Estaba en extremo angustiada, sin mi pareja, sin la Dra., con personal que cambiaba, sin información, y con la temida cesárea ad portas.
En el pabellón, los brazos amarrados y en cruz, no me permitían moverme. Finalmente, llegó la Dra. La distinguí por su voz, porque con las antiparras poco se veía su cara. Yo lloraba a mares, y ella al verme me dijo “¿pero por qué lloras?”. Casi en susurros respondí, “es que no quería cesárea…”. Ella me miró sin entender, y me dijo “pero tienes que estar contenta, tu bebé va a llegar”. No respondí nada. Ella no entendía, y a esta altura ya no valía la pena tratar de explicar.
Recuerdo que lo único que logró bajar mi angustia, fue la presencia de mi pareja, que logró llegar justo a tiempo,  y una canción de la Violeta, que empecé a tararear. Maravillosa Violeta, me auxilió con sus alas en ese momento. Dónde estás prenda querida, dueño de mi pensamiento, dónde estás que no me escuchas, mis suspiros y lamentos, cantaba, adormilada por la anestesia. Había por lo menos 10 personas, todas desconocidas, que daban vueltas, hablaban, me giraban, me ponían sondas. Me apretaron, casi saltaron arriba mío, para que mi bebé saliera. Hasta que llegó el momento, que hizo que todo ese calvario se esfumara, por lo menos por un rato. Lo sentí, y lo vi. Ahí estaba mi hijo, mi perrito, mi cielo, mi vida, llegando a este mundo, capaz que anticipadamente, pero ahí estaba, gritando a todo pulmón, y extendiendo sus manitas. Lo envolvieron en una manta y rápidamente me lo pusieron sobre mi cara. Yo lo agarré con fuerza, como pude. Quería sentirlo, olerlo, pero la anestesia no me lo permitía. Recuerdo haber pensado que era un momento feliz, pero estaba tan anestesiada, que me costó mucho conectarme emocionalmente. Luego, en casa cuando vi el video, lloré, me emocioné realmente por primera vez, pero como espectadora, no como protagonista de mi parto. Hasta eso siento que me robaron.
Recuerdo que los primeros días, me “olvidé” de lo que había pasado, hasta que un día, rompí en llanto y comencé a hablar, después de mirar mi nota de alta que decía “cesárea por prueba de parto fallida”. Muchas personas me decían, incluso mi pareja, pero lo importante es que él está acá. Sí, es verdad, él está acá, es el amor de mi vida, lo más hermoso que me ha pasado, pero eso no borra la experiencia que viví. Me costó mucho validar mi sensación, creer que tenía derecho a llorar, a haberme sentido violentada. Que tenía derecho a decir que sentía que la violencia estaba normalizada, disfrazada de buen servicio, escondida en la obediencia ciega  a los procedimientos, y en el pseudocontacto con los pacientes. Porque a mí nadie me gritó, nadie me descalificó, de hecho me “trataron bien”, pero me invisibilizaron, me infantilizaron, me ignoraron. Eso, también es violencia.
Ahora, con el tiempo he podido equilibrar las responsabilidades, y entender que yo también me entregué, yo tampoco me empoderé y me consumió el miedo a parir, al dolor, a confiar que alguien me podía sostener. Hoy sigo trabajando en eso.
Para cambiar la forma de nacer, no sólo hay que cambiar las prácticas hospitalarias, si no que cada mujer debe hacerse cargo responsablemente de su parte, trabajar sus emociones, enfrentar el miedo. Por eso, cuento mi historia, para seguir sanando. Ojala mi relato, ayude a otras mujeres a empezar a sanar.

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