Este relato no
es el primero que escribo, fue un ejercicio difícil, me costó escribir algo que
recuerdo desde mis sentidos o instintos, algo que recuerdo un poco difuso.
Mi trabajo de
parto duró 33 horas. Las primeras 10hrs, mi dilatación iba más o menos rápida,
pero llegó mi familia a vernos y me desconcentré, las contracciones
disminuyeron en intensidad y la dilatación se detuvo. Les pedí que no volvieran
hasta que ya mi hijo naciera. Recuerdo que disfruté esas horas posteriores a
solas con mi compañero, abrazándonos, besándonos mucho. Esa sería nuestra
última noche de a dos.
Al día
siguiente, a las 7 de la mañana las contracciones se hicieron intensas y
seguidas. El día estaba oscuro y con mucha neblina, hacía frío. Decidimos
caminar por la ciudad de Talagante. Caminamos entre frío y contracciones hasta
medio día. Volvimos. Tomé té de frambuesa, me subí a una pelota, comencé a
moverme según mi cuerpo lo sentía. Empecé a sentirme extraña, cada vez más
lejos de mi cabeza y más cerca de mi instinto, más cerca de mi hijo, quería
estar sola, necesitaba naturaleza, verde, sol, aire. Volvimos a salir, fuimos
hasta la parte de atrás del hospital, estábamos solos y mi compañero me
acompañaba prácticamente en silencio, así lo habíamos hablado. Él, estoico me
sostenía mientras yo, gritando y abriendo las piernas y la boca, para con cada
contracción pujar y ayudarlo a nacer, a mi hijo Ramiro, que tanto quería
conocer.
Recuerdo que
lloré y reí al mismo tiempo. No conocía ninguna de las emociones que sentía, o
quizás sí, pero se sentían nuevas, cada minuto que pasaba era nuevo y distinto
al anterior. Nos tomamos nuestro tiempo, mi hijo y yo, trataba de visualizarlo
y al canal de parto también, tratando de abrir mi cuerpo y dejarme hipnotizar
por miles de sentidos y sensaciones verdaderas, las más verdaderas que alguna
vez sentí.
Todo pasó
rápido. De pronto, ya estaba desnuda entera junto a mis dos hermosas mujeres
matronas, mi compañero. Nunca imaginé mucho mi parto, no quería armarme expectativas,
pero sabía que dentro de mi estaba esa fuerza interna de traspasar los límites
de lo físico, del dolor (el más fuerte que he sentido!). Por amor, para hacer
nacer a un hijo y a una madre. Dolor que después olvidé al sentir salir a mi
hijo, sangre de mi sangre, cuerpo de mi cuerpo. El momento más hermoso en mi
vida.
Probé muchas
posiciones, y todas eran cómodas e incómodas a la vez. Ya llevaba más de 25
horas de trabajo de parto. Dudé de mi misma en un momento, no puedo negarlo. Mi
bebé venía con la pera hacia arriba y el brazo izquierdo levantado y cruzado.
Rompí bolsa, no sé cuánto tiempo había pasado, pero sabía que cada vez me
quedaba menos tiempo para parir. Sugirieron anestesia, yo sólo me entregué y
confié en Eliana y Rosita, mujeres sabias que elegí para estar ahí. Tenía miedo
de la anestesia, resquemor, pero fue poca, sentía mis piernas, mi cuerpo,
sentía las contracciones, nunca me desconecté de mi hijo. Aunque no estaba en
mis planes, ese fue el empujón que necesitaba. Fue un momento donde lo
importante era ayudarlo a nacer y ayudarlo a nacer desde mis piernas, desde mi
fuerza y la suya, sintiéndonos.
Fue así que un
sábado frío de junio, después de muchos pujos, gritos y amor nació Ramiro Juan,
iluminado por una lámpara de sal, gritaba tan fuerte con sus pequeños pulmones!
Me lo entregaron grasiento, lleno de mí, de nosotros, de nuestro vínculo físico
que aún se mantenía con el cordón umbilical.
Quería olerlo,
tenerlo siempre en mis brazos. Y ha sido así, ya llevamos 11 meses de puro amor
e instinto, bien pegaditos porque así lo necesitamos los dos. Ramiro nació en
libertad y con mucho amor.


hermoso relato !
ResponderEliminarMaravilloso isa. Q gran experiencia logras transmitir en este texto, una intensidad q ciertamente habría a vivir en carne propia para comprenderla cabalmente, pero que sin embargo trasluce a través del testimonio. Salud por tu familia. Mario Concha
ResponderEliminar