domingo, 25 de mayo de 2014

El Parto de Alicia


Por Natalia Cruz Escárate
Partiré contando que comenzamos con contracciones todas las noches un poco antes de navidad, y Alicia recién nació el sábado 18 de enero. Cada día se iban haciendo más intensas, un poco más dolorosas, pero ella no se encajaba. Hice yoga durante el embarazo, y Delia, mi profesora, nos enseñó la postura Malasana, que es como estar en cunclillas pero con las plantas de los pies apoyadas. La hice durante todos los días la última semana, y nada. Alicia no quería encajar su cabecita en mi pelvis. Un día estaba súper abajo, y al otro día despertaba en mis costillas. Las semanas pasaban y la gente preguntaba ¿Y? ¿Cuándo sale? Como si no lograran entender que íbamos a esperar que saliera cuando quisiera.

El miércoles en la noche casi no pude dormir, tenía contracciones ya muy intensas. Las dejaba fluir, pero sentía que todavía faltaba un poco. Ya el jueves se cumplían las 41 semanas, así que la Rosita, una de las matronas, nos dijo que podíamos esperar sólo hasta la próxima semana, si no nacía el martes había que inducir. En todo caso, nos dijo que con esa advertencia casi todas las guaguas se decidían a salir, jajaja. De todas formas, lo de la inducción nos asustó un poco, así que el jueves en la tarde nos fuimos con Barril al San Cristóbal y subí hasta casi la mitad. Después fuimos a comer pizza, vimos una película chistosa y regaloneamos. En la madrugada sentí como las contracciones se iban intensificando, y supe que ya faltaba muy poco. Mi pequeña ya estaba en camino. Barril preparó un baño de tina con velas e inciensos, y estuve ahí mucho rato, viviendo las contracciones. Eran muy intensas, pero cortas. Así pasamos la noche, entre contracción y contracción intentando dormir algo... confieso que tenía miedo de dormir y despertar sin contracciones, que se revirtiera todo... así que prácticamente no dormí.
En la mañana ya eran mucho más seguidas, así que llamamos a Eliana y nos dijo que fuéramos a Talagante. Mi papá pasó a buscar a mi mamá, y luego a nosotros, tal como habíamos acordado. Mi mamá estaba tan nerviosa que no quería ni hablarle, quería que cualquier indicio de adrenalina se alejara de mi! Rosita me revisó y nos dijo que recién tenía dos centímetros de dilatación, y el cuello aún no completamente borrado. Como Alicia aún no se encajaba, el trabajo era bastante lento y las contracciones menos efectivas. Teníamos un largo camino por recorrer aún. Rosita notó el nerviosismo de mi madre, y más encima llegaron mis suegros a acompañarnos, así que nos ofreció quedarnos en el hospital para no tener que volver a Santiago con todos, y creo que fue la mejor decisión. Fuimos a almorzar, comí lasagna (no puedo negarme a una lasagna ni en trabajo de parto) y nos fuimos al hospital. Nos consiguieron una habitación sólo para los dos, estábamos muy cómodos y me sentía como en un motel jajaja. Barril durmió un rato y yo me quedé entregándome, intentando fluir y no reprimir nada.
Cada vez era todo más intenso, los recuerdos comienzan a tornarse difusos y mi percepción del tiempo también. Nos veo caminando por el patio del hospital, abrazados, Barril conteniéndome cuando venían las olas de "dolor". Me veo caminando por el pasillo, rotando la cadera en cada contracción, apoyándome en las paredes. No había casi nadie en el hospital, supongo era muy tarde y una enfermera me dijo que no podía estar ahí. No tengo idea dónde andaba. Volví al pasillo que me correspondía y ahí caminé, y caminé, y caminé. Una y otra vez. Me recuerdo en la tina ya más tarde, desnuda, con el chorro en la guata para aliviarme, debo haber estado muchísimo rato. Me quedé dormida y desperté porque se me había soltado el chorro de la ducha y estaba mojando todo el baño. En realidad desperté porque el chorro me mojó la cara, sino quizás habría inundado todo el hospital, así que decidí salirme. Recuerdo que vacié completamente mi intestino en algún momento, pero no tengo muy claro cuando.
Como a las 4 y media vi que el tapón mucoso ya salía a raudales, y con bastante sangre, así que decidí llamar a Rosita, que llegó a eso de las cinco y me hizo tacto. Ya estaba con varios centímetros, no recuerdo cuantos, pero fue a buscar a Eliana para que nos fuéramos a la sala de parto. Ahí comencé a sentir un olor muy especial, como a sangre con algo más, no puedo describirlo pues nunca antes lo había sentido. Cuando llegamos a la sala me sentí completamente acogida, el lugar estaba oscurito, tibio, con olores ricos, mucho amor esperándome. Aquí no tengo muy claro qué pasaba. Pensé durante un tiempo después del parto que nunca me había desconectado de la realidad, pero ahora me doy cuenta que estaba tan desconectada que ni siquiera lo recuerdo. Me veo sentada en la pelota de pilates, girando. Siento las manos de Rosita y Barril haciéndome masajes en las piernas, Eliana ayudándome a rotar las caderas, ejerciendo una presión que aliviaba bastante el dolor. Las contracciones eran como olas, y yo sólo me entregaba a su vaivén. Pero Alicia seguía sin encajarse. De pronto sentí una especie de chasquido y luego me hice pipí. Me explicaron que había roto fuente, no era pipí. Ahí el olor se intensificó, y Barril también pudo sentirlo. Era un olor que me hacía sentir animal, me gustaba. Las contracciones eran muy fuertes, y ya no sentía dolor. No podría decir que era dolor: era algo mucho más fuerte, y no desagradable. Sabía que lo que sentía era a mi hija intentando salir, mi cuerpo ayudándola, todo mi cuerpo se estremecía, mis músculos, mi sangre, todo, todo mi cuerpo estaba trabajando para que ella pudiera estar finalmente en nuestros brazos.
Después de un rato, Rosita me revisó y Alicia aún no estaba encajada. Empecé a preocuparme, a pensar que no lo íbamos a lograr, y la oxitocina empezó a dar paso a la adrenalina. Las contracciones se fueron espaciando. Supongo que Rosita y Eliana se dieron cuenta de esto, porque me dijeron que saliéramos al patio un rato, para que pudiera despejarme y caminar. Ahí le hablé a mi hija, le pedí que por favor bajara su cabecita para poder salir. Invoqué a mi abuela, que parió 8 hijos, para que me ayudara y me mostrara el camino. Había evitado todo el rato la postura malasana, porque hacía las contracciones más dolorosas, pero sabía que era el momento para hacerla y mostrarle el camino a mi pequeña... sólo quedaba un ratito de dolor, yo sabía que podía hacerlo. Me puse en cunclillas, y me hice reiki, intentando entregarle toda la energía que mi pequeña necesitaba para salir al mundo. Ahí Rosita me sacó la foto que envié para este relato. Después de eso, Rosita me dijo que iban a tener que inyectarme una mínima cantidad de oxitocina para ver si eso ayudaba a hacer más efectivas las contracciones y lograr por fin que la pequeña cerdita se abriera paso. Yo no quería ninguna intervención, pero si eso la ayudaba a salir, pues bueno... confiaba plenamente en mis matronas y sabía que iban a poner una cantidad realmente pequeña de oxitocina. Entramos, me senté en la camilla, y apenas pusieron la aguja en mi brazo sentí como las contracciones se hacían más fuertes, no sé si fue la inyección o mis ganas de que no me pusieran más oxitocina, pero ni siquiera alcancé a sentir el pinchazo y empezaron una tras otra, apenas me daba tiempo para respirar entre una contracción y la otra, y sentí que venía, quería salir, ahí estaba su cabeza abriéndose camino, atravesándome, saliendo al mundo. Me quemaba, sentí mis huesos abrirse, mi piel, su cabeza, fuego, fuerza, sólo sentir. Rosita le dijo a Barril que fueran a lavarse las manos, y grite: "no se vayan que se va a salir!!" De verdad pensé que podía salir disparada, era todo tan intenso que no creía ya poder controlarlo. Eliana estaba a mi lado dándome la mano, conteniéndome. Volvieron de inmediato, y en un pujo más sentí como la cabeza salía, un fuego que quema, alivio, sentí el resto de su cuerpo saliendo y la vi, la vi en las manos de Barril, su cuerpecito morado, lleno de grasa, la olí, ese olor entre papa frita y berlín que nunca voy a olvidar. Lloró, y su llanto me pareció hermoso, sentirla en mi pecho, piel con piel, mientras paría la placenta. Se agarró a mi teta altiro, y fue tan raro, tan rico. Era mi cachorrita, parte de mi, de Barril. Ahí vino la euforia, las ganas de salir corriendo y gritarle a todxs que ya nació, que lo logramos. Las ganas de nunca separarnos, que hoy, a cuatro meses de su llegada, todavía no se me pasan. Y no creo que se me pasen nunca.



1 comentario:

  1. Hermoso el poder leer esta experiencia como padre, ya que nuestros hijos difícilmente la compartirían de manera natural en un relato tan intenso. Bueno Natalia, tu también naciste de forma natural, sin anestesias ni inyecciones, sin luces ni gritos, naciste en el amor compartido de tus padres y el equipo médico. Fuiste una de las guaguas pioneras de los partos sin anestesia de aquellos años (1987)... y aunque no lo creas, sentí el dolor,sentí la piel rajarse y la emoción de tus ojos en los míos.... es una mirada que no se olvida, que aún ahora, después de casi 30 años, no dejo de ver día a día.

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