miércoles, 21 de mayo de 2014

Pariéndote, Ramiro

Por Isadora Stuven



Este relato no es el primero que escribo, fue un ejercicio difícil, me costó escribir algo que recuerdo desde mis sentidos o instintos, algo que recuerdo un poco difuso.

Mi trabajo de parto duró 33 horas. Las primeras 10hrs, mi dilatación iba más o menos rápida, pero llegó mi familia a vernos y me desconcentré, las contracciones disminuyeron en intensidad y la dilatación se detuvo. Les pedí que no volvieran hasta que ya mi hijo naciera. Recuerdo que disfruté esas horas posteriores a solas con mi compañero, abrazándonos, besándonos mucho. Esa sería nuestra última noche de a dos.


Al día siguiente, a las 7 de la mañana las contracciones se hicieron intensas y seguidas. El día estaba oscuro y con mucha neblina, hacía frío. Decidimos caminar por la ciudad de Talagante. Caminamos entre frío y contracciones hasta medio día. Volvimos. Tomé té de frambuesa, me subí a una pelota, comencé a moverme según mi cuerpo lo sentía. Empecé a sentirme extraña, cada vez más lejos de mi cabeza y más cerca de mi instinto, más cerca de mi hijo, quería estar sola, necesitaba naturaleza, verde, sol, aire. Volvimos a salir, fuimos hasta la parte de atrás del hospital, estábamos solos y mi compañero me acompañaba prácticamente en silencio, así lo habíamos hablado. Él, estoico me sostenía mientras yo, gritando y abriendo las piernas y la boca, para con cada contracción pujar y ayudarlo a nacer, a mi hijo Ramiro, que tanto quería conocer.

Recuerdo que lloré y reí al mismo tiempo. No conocía ninguna de las emociones que sentía, o quizás sí, pero se sentían nuevas, cada minuto que pasaba era nuevo y distinto al anterior. Nos tomamos nuestro tiempo, mi hijo y yo, trataba de visualizarlo y al canal de parto también, tratando de abrir mi cuerpo y dejarme hipnotizar por miles de sentidos y sensaciones verdaderas, las más verdaderas que alguna vez sentí.

Todo pasó rápido. De pronto, ya estaba desnuda entera junto a mis dos hermosas mujeres matronas, mi compañero. Nunca imaginé mucho mi parto, no quería armarme expectativas, pero sabía que dentro de mi estaba esa fuerza interna de traspasar los límites de lo físico, del dolor (el más fuerte que he sentido!). Por amor, para hacer nacer a un hijo y a una madre. Dolor que después olvidé al sentir salir a mi hijo, sangre de mi sangre, cuerpo de mi cuerpo. El momento más hermoso en mi vida.

Probé muchas posiciones, y todas eran cómodas e incómodas a la vez. Ya llevaba más de 25 horas de trabajo de parto. Dudé de mi misma en un momento, no puedo negarlo. Mi bebé venía con la pera hacia arriba y el brazo izquierdo levantado y cruzado. Rompí bolsa, no sé cuánto tiempo había pasado, pero sabía que cada vez me quedaba menos tiempo para parir. Sugirieron anestesia, yo sólo me entregué y confié en Eliana y Rosita, mujeres sabias que elegí para estar ahí. Tenía miedo de la anestesia, resquemor, pero fue poca, sentía mis piernas, mi cuerpo, sentía las contracciones, nunca me desconecté de mi hijo. Aunque no estaba en mis planes, ese fue el empujón que necesitaba. Fue un momento donde lo importante era ayudarlo a nacer y ayudarlo a nacer desde mis piernas, desde mi fuerza y la suya, sintiéndonos.

Fue así que un sábado frío de junio, después de muchos pujos, gritos y amor nació Ramiro Juan, iluminado por una lámpara de sal, gritaba tan fuerte con sus pequeños pulmones! Me lo entregaron grasiento, lleno de mí, de nosotros, de nuestro vínculo físico que aún se mantenía con el cordón umbilical.

Quería olerlo, tenerlo siempre en mis brazos. Y ha sido así, ya llevamos 11 meses de puro amor e instinto, bien pegaditos porque así lo necesitamos los dos. Ramiro nació en libertad y con mucho amor.



2 comentarios:

  1. Maravilloso isa. Q gran experiencia logras transmitir en este texto, una intensidad q ciertamente habría a vivir en carne propia para comprenderla cabalmente, pero que sin embargo trasluce a través del testimonio. Salud por tu familia. Mario Concha

    ResponderEliminar